Brasil tuvo una inflación del 3,1% anual en el 2020. Chile, del 3,1% anual. Paraguay, del 1,6%. Perú, del 1,8% anual. Colombia, del 2,0%. Bolivia, del 0,5%. Ecuador, tuvo una deflación del -0,3%.
Ninguno de esos países tiene menos concentración económica en los mercados formadores de precios que la Argentina y todos son, de modo significativo, exportadores de materias primas.
¿Entonces?
Entonces, como venimos explicando hasta el hartazgo, la inflación en la Argentina tiene que ver con la inercia inflacionaria perpetuada por la puja distributiva (En el resto de esos países, la distribución del ingreso está cristalizada en un sentido regresivo, o sea, la puja está congelada), exacerbada por las expectativas en torno al dólar, y todo esto tiene que ver con las subas reales y/o nominales del tipo de cambio (el principal precio de la economía), y estas subas tienen que ver con la escasez relativa de dólares de la economía argentina y esta tiene que ver con la particularidad local de la demanda de dólares para atesoramiento junto con la existencia de un sector manufacturero orientado al mercado interno deficitario en divisas, muy característico de una economía de desarrollo intermedio perpetuo como la Argentina, particularidad que, en general, no se verifica en los países citados.
¿Cuál es la solución?
Hacer del llamado empate histórico un acuerdo serio que desindexe la economía argentina en los referido a precios y salarios, que permita frenar (luego de equilibrar) la puja distributiva, que permita duplicar exportaciones, sustituir importaciones, agregar valor y generar empleo formal de calidad.
El gran pacto nacional es la única salida. Y aún bajo la lógica amigo-enemigo, hay que recordar que la paz se hace con los enemigos, como enseñaba Perón. ¿Para qué queremos hacer la paz con los amigos?
Es hora ya de avanzar en el sentido de lo expuesto. Porque no hubo, no hay y no habrá otra salida.
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